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jueves, 3 de julio de 2008

Nuevo cuarto en Brixton





Finalmente dimos con la casa de Peggy Dobbs, en Brixton, un sector de inmigrantes a media hora del centro.

Es una casa limpia, bien tenida, agradable. Ellos, la pareja Dobbs, viven en el “ground”, o sea lo que es para nosotros el primer piso. Y en el primer piso hay tres cuartos donde vivimos nosotros –los Uribe/Vásquez- y otros dos inquilinos. Uno inglés, que se llama Stewart, y otro, Richard, al parecer de Europa Oriental.

Hay tranquilidad, no se escuchan carros, pues estamos a unas cinco cuadras del sector movido, nos acomodamos en un cuarto que tiene ventana al jardín, donde hay matas bien cuidadas y flores diversas, y donde viven apaciblemente 6 gatos adultos. Porque adentro, en la sala de los dueños, juegan aún su infancia dos meninos de dos o tres meses que Peggy rescató de un sitio donde los maltrataban.

Los gatos no entran a los cuartos ni a los baños y están muy bien cuidados. Son lindos y consentidos y, como se imaginarán, ya se nos acercan casi todos y nos piden las caricias de rigor. Y a nosotros no nos tienen que rogar mucho.

Llevamos una semana donde Peggy y Sean. Bien queridos y respetuosos. Estamos amañados y aún nos damos golpes por ahí en las esquinas, contra los muebles, porque no tenemos el dominio del espacio todavía.

Aquí sí podremos esperarlos mejor. En serio.

Búsqueda frenética...


El último almuerzo en el jardín, con Luisa.

Anotamos en una libreta las direcciones de los opcionados y conseguimos las citas para ver los cuartos. El problema es que los mejores estaban en manos de intermediarios que cobran por mostrarlos, y que los otros quedaban en sitios lejos del centro, a mucho tiempo en bus, es decir, a más de hora y media.

Vimos de todo. Desde huecos sucios hasta espacios decentes pero pequeños, estrechos para dos. Incluso nos tocó ir a ver un cuarto con otros aspirantes, pues todos fuimos citados a la misma hora por el “landlord”. Subimos detrás de él –otro coreano- a un segundo piso en un edificio descuidado. “Desde el desayuno se sabe cómo va a ser el almuerzo” decían los mayores. El tipo tocó la puerta correspondiente en un apartamento pequeño y relleno de cuartos, es decir, sin sala ni comedor. Y el muchacho inquilino le contestaba desde adentro que no podría abrir. El coreano insistía e incluso trató de abrir la puerta con su llave. Pero el ocupante reveló que no abriría porque tenía compañía. Y todos soltamos la carcajada. El coreano parecía no entender e insistía. El inquilino añadió que estaba tratando de apurarse. Y más risas. Hasta que el muchacho medio abrió la puerta, sacó la cabeza, nos pidió disculpas y dijo que no le habían avisado. Obviamente, todos nos fuimos de allí en medio de risas maliciosas y maledicencias contra el coreano.

Se fue oscureciendo la casa

Floreció justo días antes de irnos de Wansworth. Sembrarlas fue un choque con Lee.


Hace ocho días cambiamos de cuarto por tercera vez.

Los trasteos son hartos cuando arrastran incertidumbres Y uno aquí, en esta ciudad y en esa materia, no está seguro nunca. La oferta es grande pero los precios son altos, extremos para las economías hogareñas del tercer mundo.

Nos fuimos aburriendo en la casa de Wandsworth sobre todo por la cantidad de gente y la presión sobre los baños. Diez personas para dos “toilets” y una ducha. Y por la actitud grosera de la pareja de japoneses, del par de polacos –todos en el

segundo piso con nosotros- y con ciertas actitudes mandonas del “landlord” o administrador de la casa, Lee, el coreano.

Eso coincidió con que Sabela, la amiga española, pensaba quedarse en Londres hasta diciembre. Incluso, con que otras estudiantes españolas, mas Andryo –el compañero indonesio- podrían sumarse a nosotros para buscar entre todos una casa. Esa fue la primera idea. Así tendríamos nuestras propias reglas.

Pero los planes se fueron desbaratando. Sabela se fue para Galicia porque se presentó a una convocatoria para trabajar como cooperante en Bolivia y quiere estar en casa este tiempo. Y sus amigas se dispersaron. Y Andryo no quería vivir muy hacia el centro. Le gusta cerca de la Uni, por Kingston. Así que, como le habíamos avisado a Lee que nos íbamos, nos tocó volver al plan inicial de buscar un nuevo cuarto, ya con pocos días disponibles.

domingo, 23 de marzo de 2008

Nuestro cuarto en Wandsworth


Nos lo tomamos con paciencia. Cambiar de cuarto ya no tenía que estar obligado por el afán, por la angustia de salir de un hotel que nos estaba comiendo el presupuesto.

No nos arrepentimos de haber estado en Morden. No. Fue una experiencia grata. Pero queríamos algo mejor, en lo posible equidistante de la universidad de Clau y del centro de la ciudad, pues allí están o suceden la mayoría de cosas que nos interesan.

Buscamos por un sector llamado Tooting. Nos llamaba la atención por la mezcla racial y cultural, por sus calles siempre en movimiento, por sus mercados de frutas y verduras y por sus restaurantes hindúes y árabes variados y sencillos. Pero lo que vimos por allí no nos gustó para nada. Un piso recién arreglado a precios imposibles y espacios de cárcel, y un cuarto en una casa que parecía, como decía mi madre, "la hora de llegada". De una desorden terrible. Cosas y polvo acumulados por todas partes. Hasta en el baño y la cocina.

Buscamos entonces por Putney, un sector que nos gustó desde siempre pero que era al parecer más caro. Hasta que nos dimos cuenta de que no. Tuvimos paciencia. Vimos los avisos en las tiendas -como una especie de mercadillos de urgencia- y llamamos por teléfono a hacer las citas. Varios cuatros estaban ya ocupados. Hasta que encontramos a Lee, un coreano, y su casa de alquiler, al lado de Putney, en un barrio hermoso llamado Wandsworth.

Una calle tranquila y espléndida nos tocó en suerte. Con una arquitectura de envidia y cerca de todo lo que necesitamos. Hasta de un centro comercial -regularete- mercado, cines, parque, pubs... Justo por 10 libras -como 40 mil- semanales más que en Morden.

Y aquí estamos. El cuarto es un poco más pequeño pero tiene dos escritorios y neverita incluida. En un segundo piso, encima del garaje que usa Lee para guardar chécheres, así que no le hacemos bulla a nadie. La casa es mejor, más amplia. La cocina es cómoda y el baño espacioso. Y además, con un patio precioso que esperamos disfrutar desde el primer día soleado de la primavera. Ya hasta sembré bulbos que han de retoñar en estos días y florecer en verano.

Desde aquí, a Clau le queda su universidad a unos 40 minutos. Y a los dos, el centro a una hora, más o menos. Y el Támesis a 15 minutos caminando y un paisaje de postal por todos lados, invitándonos a la calle.

Estamos felices en Wandsworth.



lunes, 10 de marzo de 2008

Atrás queda Love Lane




En Morden estuvimos un poco más de cinco meses. Bastante tiempo, creemos.
Las distancias nos empujaron a salir. Hora y media hasta la Universidad de Kingston y dos horas hasta cualquier sector del centro de Londres, eran demasiado. Mucho tiempo y dos buses como mínimo. Fuera de ello, ese sector de Morden, por Greene Lane, es solitario. Agradable pero casi muerto. La ciudad y su ebullición están por otras partes. Por eso buscamos con paciencia hasta encontrar otra casa y otro cuarto en una zona llamada Wandsworth, cerca de Putney.

Morden fue una rica experiencia. La primera oportunidad de mirar y curiosear la ciudad. Y fue la ocasión de revivir una convivencia que no tenía yo desde mi éeeeeeeeeeepoca de universidad en Medellín, y Clau no había experimentado antes: compartir una casa con personas extrañas, ajenas, que nunca se han conocido. Pero fue una comunidad tranquila, respetuosa, con muchas distancias, quizás demasiadas. No hicimos amistades allí, pues cada uno estaba anclado en su cuarto, en su rutina, en su vida. Las conversaciones no pasaban de cinco frases.

De todos modos, la casa de Love Lane, en Morden, fue nuestra casa. Una de sus piezas -como decimos- fue nuestro cuarto, nuestro espacio. Allí la vida cotidiana se nos hizo apacible y amable. Ya queda en la memoria.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Esta casa es un caso

Llevamos como mes y medio aquí en 48 Love Lane, y estamos bien lejos de conocer los vecinos de la casa.



En el segundo piso hay tres cuartos. En el más pequeño vive "Oscuro", de cuyo nombre no estamos seguros y por eso le decimos así. Sabemos que es africano, de Ghana, pero tampoco tenemos idea en qué trabaja. Se viste de sport, a veces medio rapero sin lujos, y es un hombre no propiamente alto pero acuerpado, de facciones pulidas y callado. Apenas saluda a quien se encuentra camino al baño o a la cocina y se encierra como un monje a escuchar música hip-hop, y a ver televisión. Por fortuna, utiliza un volumen muy moderado.
Pero en lo que no tiene consideración es en la cocina: deja todo salpicado y no limpia. Y chorrea el baño, dos veces a la semana por esta época, cuando se da una ducha. Sabemos que come pescado frito y pizza que trae o pide por teléfono, y los fines de semana hace arroz blanco que después combina con carne de res o pollo cocinados en pasta de tomate en cantidades industriales.



En el otro cuarto vive "Claro", de quien tampoco sabemos el nombre. Y lo mismo: apenas saluda entre dientes cuando se cruza con alguien en el camino. Es separado y los fines de semana trae dos niñitos, como de tres y dos años, que a veces hacen su respectivo berrinche pero con moderación. "Claro" los saca en su carro -un BMW viejo pero bien tenido- que estaciona al frente de la casa todo el tiempo. Les compra cosas y les carga los juguetes y bien, los jonjolea con entrega.

Por lo blanco y por el acento, Clau dice que debe ser irlandés o escocés. No tenemos ni idea ni le vamos a preguntar por ahora. Yo, personalmente, apenas medio le entiendo alguna frase, de las pocas que dice, pero en general me deja mirando para el techo. No utiliza la cocina sino para lavar trastos, pues come enlatados en su cuarto; lo mismo los niños. Trae enlatados al por mayor del supermercado. No lo sentimos escuchando música. Mantiene el televisor prendido y la mayor parte del tiempo juega a los carros de carreras en su tv.



En el otro cuarto, el mejor del segundo piso, viven los dos colombianos. El tipo se la pasa ahí en la semana, en general, aunque a veces sale a caminar un rato o a traer algo que les hace falta. En las noches, espera a su esposa en el paradero del bus o del tren -si no está lloviendo, claro-. El fin de semana casi siempre salen juntos después del medio día y vuelven en la noche. Son como tranquilos, mantienen un computador prendido, en el que gorrean internet inalámbrica, escuchan música y ven algunas cosas de la televisión gratuita por internet, que es remala.



Ellos sí utilizan la cocina -se adueñan de ella durante el día- y el patio para extender la ropa. El tipo mayor cocina mientras la mujer va, al parecer, a la universidad. Fue lo que dijo recién llegada. Después les cuento en detalle lo que cocinan y comen, que no es gran cosa, por demás. Hablan español y aunque nadie sabe dónde exactamente queda Colombia, todos tienen claro que son latinoamericanos.

Y en el primer piso, en el mejor cuarto de la casa, que resultó de unir la sala y el comedor, viven dos albaneses -sí, de Albania, un país que hizo parte de la por fortuna ex Unión Soviética-. Hablan un idioma incomprensible, como todos los de las naciones balcánicas, que nosotros llamaríamos albanés, pero que ellos llaman sish, o algo así. Se defienden lo básico en inglés y son formales aunque también viven encerrados. Y se entiende porque en la casa no hay espacios comunes distintos al baño o a la cocina. Saludan más afablemente y añaden algún comentario. Cocinan sus cosas y tragan que da miedo.

No sabemos sus nombres. Nos damos cuenta por la correspondencia que tienen nombres de origen latino con consonantes adicionales al final, y apellidos de la zona. De la de ellos, obvio. Son blancos, no tanto como los ingleses, de cabello oscuro y contextura media.
Bueno, este es el zoo de la casa 48 Love Lane, en Morden. Cada quien en su jaula, haciendo su vida, armándola, sin irrumpir en la de los vecinos. Ni lo mínimo.

lunes, 15 de octubre de 2007

Vivir en Morden



Estamos en Londres aún, no se preocupen. Lo que pasa es que Morden se llama este sector de la ciudad, que a su vez hace parte de Surrey, una especie de área administrativa. Se trata de una zona residencial diversa, en su mayoría conformada por edificios de dos o tres casas, con alturas restringidas, y de distintos estratos. Donde nosotros estamos, toda la calle -que allá sería como una especie de avenida corta- denominada Love Lane, es de estrato medio. Hay algunos edificios más nuevos, de casas y de apartamentos, de más valor y aún, unidades residenciales más exclusivas a las que uno no entra así esté siempre abierto el acceso. No hay porterías.

Morden se distingue por su arquitectura tradicional. De hecho, tiene una gran zona de conservación y de restauración, que resulta intocable por fuera. La gente puede hacer por dentro lo que quiera, pero las fachadas se pueden tocar poco: varían por los colores -hasta hace pocos años eran todos iguales- por los acabados y por las entradas o lo que llaman aquí, los porches. Eso hace que los barrios o los sectores tengan apariencia semejante, hermosa.


La casa nuestra está sobre la calle que mencioné: Love Lane. Su número es el 48. Es la de la mitad en un edificio que se divide en tres casas iguales, con antejardín y patio interior, y es relativamente vieja pero está bien tenida, en general, a pesar de que la han convertido en residencia para alquiler. En la primera planta hay una especie de apartaestudio grandecito, pues unieron la sala y el comedor, pero debe compartir con todos los demás la cocina y el baño. En la segunda planta hay tres cuatros. El nuestro es el más grande y el que tiene mejor ventana a la calle. Da precisamente a la zona verde de la avenida. La cocina queda abajo y el baño arriba.

Este sector de Morden es muy tranquilo. Los carros se sienten, claro, pero más en ciertas horas. La gente circula en la mañana, un poco al medio día y en la tarde. Como en los horarios nuestros -de Colombia-. De resto, la zona es semi campestre, propicia al trabajo y a la meditación. Se escuchan los pájaros y suena el viento. Y se oye bien la música. Es rico para caminar y queda cerca de dos parques grandes, bien grandes, a los que uno puede ir a cualquier hora. Aclaro que aquí los parques son siempre terrenos verdes, con pequeños bosques y zonas destapadas, abiertas, para el disfrute de las personas y los animales. Y seguros. Las paradas de bus que más utilizamos quedan a unas cuatro y a unas seis cuadras, y al pié de la primera se encuentra la estación del tren, Saint Helier.

Ahí sí, las fotos valen más que mis palabras.

martes, 2 de octubre de 2007

Casa/cuarto a la orden

Hoy cumplimos cinco días en nuestro cuarto. Ya un cuarto, por fin! Álvaro Ramírez, quien tiene viejas y largas experiencias en esto de vivir en el extranjero, dijo que fue muy rápido. Que tuvimos suerte. Es posible. Pero no podíamos estar mucho más en el hostal de la YMCA que nos salía a precio de hotel de cuatro estrellas en Colombia.



48 Love Lane
Morden
Surrey
SM4 6LP

es la dirección. Un barrio clasemediano hacia el sur, tranquilo, lejos del ruido, que invita al sosiego, a la reflexión, a la escritura quizás. Eso tiene de bueno. Casas iguales: edificios viejos y hermosos en los que hay tres casas de dos pisos, con su arquitectura tradicional, bien cuidadas en general. Love Lane, la calle (el nombre nos viene...), es una pequeña pendiente, una especie de colina que baja hacia la gran planicie en la que está casi toda la ciudad. Tenemos al frente una zona verde amplia y casas semejantes más allá, en una cadena hermosa, sin alturas, sin edificios agresivos.



Vimos el aviso la semana pasada en una tienda de barrio, en las calles del centro de Morden, y llamamos. Contestó un inglés -por el acento- según dijo Claudia, que echó su carreta. Buen precio, en el segundo piso, amplio, amoblado. Eso sí, debíamos compartir la cocina y el baño. Seis personas en estas!

Lo fuimos a mirar. A pesar de lo sucio (el mugre se quita, le dije a Clau) nos gustó. Tiene buenos muebles,clóset amplio, cama doble, buen colchón y una mesita de esas que usaban las señoras de antes para pintarse que nos sirve de escritorio.

Desde ahí escribo, miro el paisaje gris de hoy en la mañana, siento un tris de frío y mantengo los sentidos desplegados como antenas, pues quiero aprehender esta ciudad cuanto antes, tenerla por los cachos, hacerla tierra conquistada. ¡Qué duro! dirán. Pero es que no tengo remedio. No lo tengo porque Clau estudia ya, feliz de la pelota, va y viene de la U, y sabe inglés. Pero yo tengo que estar escuchándolo todo dos veces a ver si entiendo. Pero ahí voy, despacio.

Decidimos tomar el cuarto e hicimos el negocio. Pagamos lo acordado y esa nochecita nos pasamos.




El inglés, que sí lo es pero de familia árabe, preguntó curioso que cuál era nuestro afán. Y Clau le respondió de una: estamos en un hotel. Ah!, dijo. No hay presupuesto -a no ser de rico- que soporte muchos días de hotel en esta ciudad.

Esa misma noche realizamos nuestra primera sesión de aseo. Fue el jueves pasado. Y el cuarto quedó habitable. Poco a poco lo hemos ido organizando para hacerlo nuestro. Ya tiene colgado el reloj-gato que teníamos en Medellín, el calendario de Botero, algunas fotos de familia y obvio, las cosas nuestras andan por ahí, apeñuzcadas.

Este cuarto ya es nuestra casa. Por fortuna. Y la de ustedes.