martes, 23 de octubre de 2007

Las cocinas del infarto

Comer en Londres, depende. Me refiero a los escenarios. A quien tiene la posibilidad, se le abre el abanico. Todo le podrá ser servido. Esta ciudad es el centro de tradiciones centenarias y un encuentro insospechado de culturas. Y así es su cocina. Cocinas de infarto.

Hay casi a la mano cocinas de todo el mundo y fusiones las que se quieran, desde elementales como pollo con sabores indios y papas a la francesa, hasta mezclas elaboradas, de muchas proveniencias, que se han adaptado a las condiciones de los ingredientes y a los gustos de todas partes. Por doquier ve uno sobre todo restaurantes indios y pakistaníes, chinos y japoneses, italianos y españoles, franceses y árabes, tailandeses y del Pacífico sur, norteamericanos y locales que se han vuelto universales. De nunca acabar. Cada sector de la ciudad tiene los suyos, más o menos refinados en su presentación, más o menos diseñados, más o menos costosos. La oferta es impresionante.

Se cuenta de restaurantes de hoteles, como el Ritz o el Rubens, para solo citar dos, cuyo tenedor (sentarse y pedir un plato) vale 500 libras. Dos millones y pico de pesos. No iremos nunca, por supuesto. Muchos otros están a la mano. Montones. Elegantes, modernos, tradicionales, exoticos, refinados, sencillos.

Uno escoge en este universo primero por el bolsillo. Y después por el gusto. Y podría darles una vuelta en años sin repetir sitio. Los presupuestos de una segunda categoría pueden estar de las 100 libras hacia abajo, hasta 40 o 50. Se ven de ataque, porque uno no puede darse un gusto de esos a no ser que lo inviten o que esté muy organizado. Y siguen los más, los que están entre las 10 y las 30 libras. Nubes. Cantidades. Y de todos los colores, sabores, ofertas y presentaciones audaces para captar la atención del transeunte. Porque la mayoría de estos tienen vitrinas a la calle para que uno vea cómo es por dentro el asunto y cómo se ven los platos. Uno pasa y se le vuelve agua la pobre boca.

Vienen los populares, los de combate, los del poncherazo si se quiere. No hay un almuerzo popular, por decirlo así. Cada restaurante de esta clase ofrece su menú, que incluye platos a la carta y una especie de ofertas del día o permanentes, y uno se va definiendo por la plata del bolsillo. Pueden estar entre los 4 y las 10 o las 15 libras. Y aparece una última categoría de populares, generalmente de indios o de árabes, que venden pollo frito con sabores orientales y papitas, o hamburguesas baratas. Entre 2 y 4 libras.

Pero lejos del tema de los precios y de las capacidades del presupuesto, comer aquí es una aventura. Esta ciudad brinda la oportniad de verlo y saborearlo todo, despacio, sabiendo que cada día se puede buscar una experiencia diferente.

Les contaré luego de las comidas caseras. De qué carajos come uno aquí en la casa, cómo son las costumbres en este sentido y cómo es ir al mercado. Les adelanto, como dicen en Colombia, que no se puede ir con hambre. Y menos, sin plata.

4 comentarios:

Sandra dijo...

Infarto le da a uno aquí, haciendo cuentas de lo que vale comer un corrientazo por allá. Que ojos de la cara lo que vale darse un gustico, pero cuando puedan se lo tienen que dar, pilas...

Álvaro Ramírez dijo...

La variedad culinaria es inmensa y tu relato me trae recuerdos. Cómo escoger un restaurante por allá? Yo quería algo exótico y solo entré a uno coreano cuya clientela era toda asiática. Es mi manera de no fallar. Si hubiera estado lleno de turistas no lo hubiera considerado confiable. Los que juegan de local, saben más.

caruri dijo...

Sandra: hay que olvidarse de estar haciendo el cálculo sobre cuánto cuesta algo en pesos. Si no, todo resultará imposible. No vemos la hora de un gustico que valga la pena.

caruri dijo...

Alvaro, tenés toda la razón. Y nos das una buena fórmula para acertar. Te contaré.